domingo, 10 de mayo de 2015

"Ejemplos para imitar!





Hacen pocos días entró raudamente al consultorio en donde me encontraba con un colega y un grupo de alumnos, una señora de aspecto desencajado con su hijo de 8 años de edad, en brazos. Conocía a esa madre por haberla asistido en otras oportunidades, pero esta vez era distinto. No tenía turno para la consulta y no venía por enfermedad alguna, sino que pidiendo disculpas se acercó y me pidió si podía completarle algún papel que traía en su mano. Sentí que en cualquier momento se desplomaría, por el esfuerzo de traer a su hijo en brazos desde la estación Constitución del ferrocarril hasta el hospital. No paraba de llorar, así que sentamos al niño y viendo su rostro le ofrecimos a ella también una silla. Cuando pudo hablar me dijo que su hijo, un niño discapacitado que ni camina ni habla, estaba necesitando la silla de ruedas que viene solicitando desde el año 2013 y que aun no tuvo respuesta del municipio en donde vive. Hice un pequeño resumen de historia clínica y argumenté la necesidad de esa silla. Un acto médico más de los tantos que nos toca hacer y además sencillo: sólo una silla de ruedas para movilizar a su hijo. Mientras escribía pensaba cómo regresaría esa madre a tomar el tren en esas condiciones, así que pedí ayuda a los compañeros de Mantenimiento, y apareció alguien a quien lo llamaré con un nombre ficticio de origen mapuche, porque sé que por su humildad no le gustaría que lo llame por su nombre verdadero. Entonces, la persona en cuestión se llamará Amuillan, que significa: “que lleva el altar de su corazón para servir a los demás”. Cuando Amuillan entró al consultorio y percibió lo que sucedía me dijo que él lo llevaría en brazos, tal como lo hizo su madre para llegar al hospital. Una vez a upa, el niño se aferró al cuello de Amuillan y junto con la madre comenzaron el retorno. Al día siguiente me enteré que mientras caminaba este buen hombre con el niño en brazos, en un momento giró la cabeza buscando a la madre porque no la veía, y cúal fue su sorpresa al no encontrarla. Cómo sería su desesperación que un transeúnte al ver su rostro le comentó que la señora había tropezado y estaba en el suelo, con sus rodillas ensangrentadas. Cuando la madre en cuestión logró incorporarse se preguntó si podía pasarle algo más frente a todo lo difícil que significaba su vida. Amuillan trató de consolarla, la acompañó hasta el tren, sentó al niño en un asiento y le ofreció un billete de 100 pesos que la señora se negó a aceptar, pero ante la explicación del benefactor: “no los necesito en este momento y usted sí”, la señora agradecida, aceptó la ayuda. ¿Qué será de la silla de ruedas? ¿Alguien se hará eco de la necesidad del niño y de su madre? Sé que para Amuillan fue un día glorioso porque nunca había pensado que esa mañana su vida iba a ser tan importante. Sé que su espíritu se llenó de gozo, de gratitud a la vida, de alegría bien intencionada, porque se sintió y fue útil. Por eso, a ese ser anónimo de esta historia como a tantos otros Amuillan que silenciosamente y con verdadero amor al prójimo no dejan de tender la mano a quien la necesita sin hacer alarde y sin pedir nada a cambio, le dejo la palabra que sintetiza todo:

 GRACIAS !!!